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Cómo sobrellevar la muerte de un ser amado

La muerte de un ser querido nos suscita diversas emociones, que a veces sentimos insuperables o imposibles de soportar. Este proceso por el que atravesamos se denomina duelo y para resolverlo es necesario experimentar diferentes momentos, que comienzan justo en el instante en que te das cuenta que un ser amado ha emprendido ese viaje, al que llamamos muerte.

Aunque algunos teóricos en tanatología los llaman etapas, he decidido explicarlos como “momentos” ya que no necesariamente va uno después del otro, sino que pueden ser vividos en diferentes tiempos e inclusive volver a vivenciar alguno que ya considerabas superado. Esto es parte normal del proceso y será necesario atravesar todos ellos para lograr pasar del profundo dolor, a la aceptación, e inclusive, trascender a encontrar nuevos propósitos en tu vida, a raíz de lo que antes consideraste “pérdida”.

El primer momento del duelo es el “shock”; generalmente al enterarnos del fallecimiento, sobre todo si la muerte no era esperada, quedamos paralizados, inmóviles, no sabemos bien cómo reaccionar, qué sentir, qué decir, cómo asumir la noticia.

Este momento se vive de forma natural y es reemplazado por el segundo momento: “la negación”, que se ve reflejada en frases como “No puede ser”, “No es verdad”, “No se ha ido”, “No lo creo”, “No lo permito”. Nuestra mente no quiere aceptar la idea de perder los besos, las caricias, las risas, los abrazos, la presencia de nuestro ser amado y en una forma de auto-protección, nos negamos a admitir la idea de su ausencia, mientras esperamos a que regrese, que atraviese la puerta, que al despertar podamos encontrarle.

Sin embargo al enfrentarte con la idea de no volver a verle, y asumir la realidad de su ausencia física, empiezas a experimentar un tercer momento: “el emocionalismo” donde el dolor y/o la rabia, nos invaden. Estas emociones pueden dirigirse a todos; familiares, médicos e inclusive hacia tí mismo, por cosas que se hicieron o se dejaron de hacer. Puede dirigirse a tu ser querido porque te dejó, a Dios porque se lo llevó y esta rabia llega a ser tan irracional que se siente inclusive con el sol porque sale, a pesar de tu tristeza.

Lo importante es que comprendas, que todas estas emociones son parte del proceso del duelo, no solamente es normal sentirlas, sino que son necesarias para avanzar en el mismo. Esta rabia y esta tristeza deben ser expresadas, desahogadas, liberadas de tu interior. Quererlas ocultar, esconder o congelar, sólo agudizará el proceso que podría volverse un duelo crónico, que no termine de resolverse y que con el pasar de los años siga aún doliendo intensamente. Para desprenderte de estas emociones encuentra personas que no te juzguen, con quienes puedas sacar tu nostalgia e impotencia, en forma de lágrimas, palabras o escritos, remembrando lo vivido con tu ser amado o recontando una y otra vez  los últimos instantes.

Un cuarto momento es el “cuestionamiento”, donde empiezas a sentir un sinnúmero de interrogantes que  te asaltan, sobre la forma en que murió y las cosas que de haber hecho diferentes, habrían cambiado el resultado. Algunas de estas preguntas estarán impregnadas de culpa, pero esa sensación solamente te estará mostrando aquellas cosas que quedaron pendientes, por hacer o por decir y será necesario que las concluyas, para acercarte a la resolución del duelo.

Para lograrlo puedes establecer una comunicación simbólica con tu ser querido y expresarle todo lo que se quedó en la garganta por decir. Asimismo habrá cosas por hacer, como aquellas que nuestro ser amado nos pidió que hiciéramos después de su muerte. Es importante que lo que esté a tu alcance lo cumplas, tal fue su voluntad y las que consideres que no se pueden materializar, es importante que también las concluyas expresando conscientemente que no las vas a realizar.

Otros cuestionamientos se refieren al lugar donde se encuentra tu ser amado. Esto tiene que ver con tus creencias sobre la muerte, que generalmente nos suscitan temor, porque desconocemos qué nos espera cuando nos desprendemos del cuerpo físico. Sin embargo diversos estudios sobre las personas que han estado clínicamente muertas pero regresan a la vida, sin importar la raza, el idioma o el lugar del mundo donde viven, confluyen en relatos de haber sentido inmensa paz, ausencia de dolor y de miedo; manifestaron ver a sus familiares fallecidos antes, libres y felices llegando a su encuentro, y sintieron entonces un gran deseo de continuar el viaje y no regresar al cuerpo, adquiriendo, en todos los casos, una comprensión distinta de la vida y su eternidad.

Asumir la vida después de aquello que llamamos muerte, como el regreso a nuestro verdadero hogar, puede ayudarnos a resolver nuestros duelos. Cuando encuentras respuestas que te brindan paz interior, empiezas a atravesar un quinto momento llamado: “conclusión”. Las respuestas a todas las preguntas te llevan a transformar tus formas de ser y hacer, encontrando nuevas maneras de vivir y capitalizando los aprendizajes. Por ejemplo el caso que conozco de unos padres que tras perder a sus dos únicos hijos en un accidente automovilístico, crearon una fundación de ayuda a padres en duelo por muerte, dándole con ello misión y propósito a su existencia.

Este proceso tan doloroso te lleva a un momento decisivo: no encontrarle ningún sentido a estar vivo o por el contrario descubrir una misión, fortalecer tu capacidad de ayuda a otros, aprender a vivir plenamente disfrutando intensamente el presente y a quienes quedan vivos en el plano físico. Será entonces cuando los “por qués” se habrán convertido en “para qués”.

En este punto empiezas a sentir un sexto momento: “aceptación”; ya no hay juicios, ni negación, ni rabia, ni dolor; simplemente tienes una sensación de bienestar al comprender que tu ser amado te dejó grandes enseñanzas. Además te invade una sensación de gratitud, por los momentos que compartieron juntos, por su legado y por su vida. Sabes que aunque ya no existe el cuerpo, la conexión continúa y el lazo de amor es inquebrantable. Es ahí donde empiezas a experimentar un séptimo momento: “unidad”, donde sientes que tu ser amado te acompaña y te guía, que sigue contigo, y que puedes vivirlo y sentirlo, más allá de un cuerpo.

Le sientes al despertar, le sientes cuando cantas sus canciones favoritas, le sientes cuando escuchas en tu corazón sus consejos y su risa, le sientes cuando sopla el viento porque sabes que ahí están sus caricias, le sientes protegiéndote a cada paso que das, le sientes en cada momento y en cada lugar porque ya no existe el límite del cuerpo. Ahora sabes que aprovecha cada instante para susurrarte: vive, sueña, ama, despliega tus alas y llega lejos, porque algún día, cuando ya no estés más en ese cuerpo, aquí estaré para recibirte y sabrás que jamás hubo distancia, ni separación, que nunca jamás hubo partida. Mientras ese momento llega, estaré contigo a cada instante y de infinitas formas, porque los lazos del amor, son para siempre.

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