El hombre que prefirió la alabanza al servicio.

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Un hombre se sentía muy devoto y fiel hijo de Dios. Este hombre tenía sus propias tradiciones. Acostumbraba orar a determinadas horas del día, y no consentía que se pasase ¡un minuto!, la hora de su oración.

Este hombre elevaba al Padre sus coros. ¡Un número exacto de coros, a una hora exacta del día! Y no consentía el hombre, que faltase un solo coro, o que se pasase un minuto, la hora del coro.

Este hombre estaba en su casa, y tenía que salir pues se aproximaba la hora del culto… del culto a Dios. Cuando iba a salir, vio que en la puerta de su casa, había un hombre anciano muy enfermo.

El hombre le miró y le dijo:

-No puedo atenderte ahora, es la hora de mi culto.

El anciano le suplicaba:

-¡Por favor, escúchame! ¡Por favor dame un poco de agua!.

El hombre le dijo:

-En otra oportunidad será. Es la hora de mi culto, y no puedo faltarle a Dios Padre en este momento, porque el Dios de los cielos espera mi coro y mi culto. Así que hazte a un lado anciano, pues es la hora de mi culto.

Siguió su camino subiendo a su coche, y arrancó su coche. Al arrancar los caballos del coche, golpearon unos pequeños niños, que estaban jugando en el camino. El hombre se asomó, y vio a los niños ensangrentados… Mas dijo:

-Cuando vuelva del culto, les busco. Pues esta es la hora del culto a mi Padre Dios. Habrán de esperarme, que yo pueda volver a sanar sus heridas, pues esta es la hora de Dios, y Dios espera que yo cante.

Siguió el hombre su camino y se encontró a un grupo de hermanos, en oscuridad de conciencia, que pedían su luz.

-Dadnos un consejo, ilumina nuestra vida…

Mas este hombre les dijo:

-No puedo ahora, es la hora de mi culto y es el culto a Dios Padre. Habrán de esperar, pues en este momento quedan pocos minutos, para que sea el tiempo en que yo me arrodille y eleve mis coros al Dios Padre.

Y así fué como el hombre llegó a su templo. Lo abrió con el protocolo que su templo exigía, entró y de rodillas cantó y oró. Y no perdonó ni un solo coro, ni perdonó ni un solo instante, pues era el momento de hacer culto a Dios.

Cuando terminó de hacer su culto y su alabanza, volvió a tomar el coche y de pronto se acordó, que en el camino, había dejado a sus hermanos, a unos niños y a un anciano. Entonces recorrió el camino, mas sus hermanos no estaban, los niños estaban derramando más sangre y no había ya salvación, y el anciano… ¡había fallecido en la puerta de su casa!

No habréis de olvidar jamás, que el verdadero culto a Dios, está haciendo culto a tu prójimo.

¿Para qué quiere el Padre tu alabanza, tu canto, tu rezo y tus rodillas en la tierra?

¿Para qué quiere el Padre tus interminables oraciones… mientras cuentas las piedras de los collares de imágenes?

¿Para qué quiere el Padre tus ofrendas al altar… mientras no te reconcilies con tu hermano?

A veces llegas al templo, después de discutir y guerrear con tu hermano. Y llegas y aumentas las oraciones, pues ha aumentado la guerra en tu casa…

¡Aumenta la paz en tu casa!, y así habrás de entregar paz a tu Padre…

No puedes honrar a Dios, sino honrando a tu hermano, pues Dios habita en cada una de las almas que acompañan tu andar.

Dios habita en el mendigo, como habita en el adinerado.

Dios habita en todos, sin ninguna distinción.

Dios habita en el sediento, como habita en el reo.

Dios habita en la anciana, habita en la viuda, habita en el niño.

Y no hay ninguna otra forma de honrar al Padre… ¡sino honrando a tu prójimo!

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